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UN MODELO BANCARIO QUE AGONIZA


Cada vez que en los años del desarrollismo franquista, una Caja de Ahorros o una Cooperativa de Crédito – de las que empezaban a surgir en el ámbito agrario – inauguraba una modesta sucursal en cualquier pueblecito de España, el acontecimiento alcanzaba cotas propias del Día del Santo Patrón o de la Virgen de Agosto. Sólo faltaban la procesión y el castillo de fuegos artificiales. No era extraño que el párroco bendijera la oficina, ni que la inauguración contara con la presencia del señor alcalde y del conjunto de fuerzas vivas de la localidad – maestros, boticario, médico y cómo no, el administrador de las fincas del señor marqués o del latifundista de turno -, ni que apareciera en algún breve de la prensa de la época. Lógicamente, contar con un establecimiento bancario daba categoría a cualquier municipio y añadía al elenco de personas importantes de la localidad la figura del director del banco. Hasta ese momento, la actividad bancaria se reducía en muchas localidades a la figura del corresponsal bancario que solía ser algún comerciante que gestionaba las letras de cambio giradas contra residentes en la comarca, pequeños banqueros, bancas familiares, prestamistas usureros e incluso el cartero que actuaba como representante de la desaparecida Caja Postal de Ahorros.

La regulación bancaria española era muy estricta e intervencionista hasta que en 1977 se permitió a las Cajas de Ahorros realizar las mismas operaciones que las autorizadas a la banca privada y un año más tarde, siempre que dispusieran de recursos ajenos superiores a 50 mil millones de pesetas (unos 2.700 millones de euros al cambio actualizado), se les autorizó la apertura de un máximo de doce oficinas fuera de su ámbito propio. Y ya en 1985 se liberalizó totalmente la apertura de oficinas excepto a bancos nuevos y extranjeros. Por esos motivos y porque era su público objetivo, fueron las Cajas de Ahorros y las Rurales las que empezaron a poblar las plazas de muchos pueblos de España con sus flamantes sucursales que permitían abrirse Libretas de Ahorro, girar o pagar letras de cambio y recibos y hasta conseguir pequeñas financiaciones mediante préstamos personales.

Todas esas medidas de liberalización del mercado bancario permitieron que el modelo de presencia bancaria masiva se ampliara, apostándose claramente por la bancarización del país.

En pocos años, cualquier ciudad de España contaba con sucursales de una veintena o más de entidades. El esquema siempre era similar: a la cabeza en número de oficinas, la Caja de Ahorros de toda la vida. Después, normalmente, la Rural de la provincia. En tercer lugar, las entidades grandes como Santander y BBVA, una vez que el primero hubiera absorbido a los fusionados Central e Hispano con sus correspondientes filiales y el segundo – tras surgir de la fusión entre el Bilbao y el Vizcaya – hiciera lo mismo con la banca pública agrupada como Argentaria. En el siguiente grupo, el histórico Banesto – filial del Santander desde la salida de su intervención por el Banco de España – Popular, Sabadell, Atlántico y demás banca mediana y pequeña, nacional y extranjera, cuando la había. Y por último, una miríada de sucursales de Cajas de Ahorros de toda la geografía nacional que daban, sin duda, un amplio colorido a las principales calles comerciales de nuestras ciudades.

Pero la crisis, y antes de ella, el crecimiento de la banca por internet; la popularización de los medios de pago electrónicos; la desaparición, por razones de edad, de la clientela tradicional que gustaba de ir a la oficina a realizar ingresos y cobros, poner al día la libreta y charlar con los bancarios y sobre todo, la aparición de nuevas generaciones usuarias de la red, alérgicas al dinero efectivo y poco receptivas a los productos bancarios tradicionales; habían anunciado la muerte del modelo de masiva sucursalización – permítaseme el neologismo – de nuestras calles.

En un momento dado, llegó a identificarse cajero automático y sucursal y se confundió la oficina bancaria con un comercio al uso, convirtiéndose en imprescindible que se situara en un local a pie de calle. Lógicamente, ese modelo de distribución bancaria hace aguas. La reducción de estructura bancaria fruto de la crisis sólo ha aplazado la necesaria reconversión de la banca de un negocio de servicios genéricos a otro mucho más especializado. Actualmente, el ciudadano medio español sigue sin tener una cultura financiera medianamente aceptable, pero comprende las operaciones bancarias básicas como para ser capaz de realizarlas a través de internet y está tan digitalizado que utiliza, para la gran mayoría de sus pagos, el dinero de plástico; sean tarjetas de crédito, de débito o de prepago, entre las que podemos incluir, por ejemplo, los abonos de transporte. Pero un nuevo elemento ha aparecido en el servicio básico que ofrece desde siempre la banca que son los pagos y cobros y no es otro que el teléfono móvil que cada vez es más, una especie de oficina personalizada que un mero medio de comunicación personal.

Todo esta modernización tecnológica de la sociedad actual ha de reconvertir la red de distribución de nuestro sistema financiero: pocas oficinas muy especializadas, discretas y que ofrezcan servicios de valor añadido. Y a lo más, cajeros automáticos en bares, librerías y cualquier pared de una calle céntrica. En pocos años, las sucursales bancarias de barrio serán un recuerdo, casi, casi, en blanco y negro.

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