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MAGDALENAS, MUFFINS & CUPCAKES


Aunque los españoles seamos más de chocolate con churros, la belleza poética del episodio que tan elegantemente narra Marcel Proust en su novela Por el camino de Swann, en el que el protagonista recupera una serie de de viejos recuerdos infantiles al sentir el olor y sabor de una magdalena mojada en un taza de té, refleja muy bien esa nostalgia que todos sentimos de un modo revelador y casi epifánico ante la vuelta a los orígenes y a la sencillez de cualquier proceso al que el tiempo ha envilecido y sofisticado hasta hacerlo irreconocible.

Viene esto a cuento de cierto retorno a la simplicidad que están asumiendo como necesario la mayoría de las entidades financieras, una vez que la crisis, el rescate de las Cajas de Ahorros y la desconfianza generalizada hacia la banca les ha hecho meditar antes de poder reposicionarse en un mercado que aunque nunca les vio con buenos ojos, hoy les es claramente hostil. Hace ya algún tiempo, reflexionamos en una de estas entradas sobre la enorme complejidad que habíamos dado a los tipos de interés, pasando de fijos a variables para luego volver a prestar a tipo fijo, aunque, eso sí, mediante complejas operaciones de coberturas y permutas que sólo aportaban incertidumbre financiera a una operación ya de por sí arriesgada – por cantidad prestada y plazo de devolución – como es un préstamo hipotecario. Pero esa sofisticación irracional no sólo la aplicamos a los préstamos. También se incluyó en las cláusulas de los pasivos bancarios tradicionales mediante inversiones estructuradas, fondos de inversión, seguros, coberturas de tipos y demás operaciones que, siendo necesarias en determinados ámbitos de inversión especializada, sólo contribuyeron a prostituir el mercado de los pequeños ahorradores con clara aversión al riesgo.

Supongo que cualquier repostero podría darnos una clase magistral e incluso establecer una tabla de doble entrada para definir las innumerables diferencias que existen entre nuestras tradicionales magdalenas, esa aportación anglosajona que responde al nombre de muffin y que un buen amigo mío define como magdalenas con marketing y la hortera e incomible explosión de azúcar, colores estridentes y formas psicodélicas que los yanquis llaman cupcake  y que incomprensiblemente ha dado lugar a una auténtica fiebre repostero-escultórica. Los que ya hemos renovado dos o tres veces el DNI recordamos aquellas magdalenas de nuestra infancia, esponjosas y con un leve aroma a limón que mojábamos, con absoluta fruición, en el colacao vespertino y que replicaban la vieja receta atribuida, desde mediados del siglo XVIII, a mademoiselle Madeleine Paulmier y que algunos remontan, incluso, a la época de los peregrinajes medievales a Santiago de Compostela.

Tras estas, que serían como las Libretas de Ahorro y las Imposiciones a Plazo Fijo de toda la vida o los préstamos a devolver en treinta seis cuotas fijas de nosecuántas pesetas que tanto juego bancario dieron en los años del desarrollismo y la bancarización, aparecieron, ya a finales de los años ochenta del pasado siglo, los muffins bancarios. Todas las entidades empezaron a comercializar, de modo más o menos masivo, Fondos de Inversión, Planes de Ahorro Sistemático, Seguros de Jubilación o Planes de Pensiones junto a otros productos más complejos que añadían a nuestra clásica magdalena de siempre, las pepitas de chocolate, el relleno de mermelada o yogur de frutas silvestres y demás sofisticaciones que diferencian, a ojo de mero degustador de dulces, el muffin de la magdalena.

Pero cuando los ahorradores ni siquiera habían sido capaces de acostumbrarse a digerir las primeras complicaciones de estos productos que requerían de cierta formación financiera, exigencia de rentabilidad y asunción del riesgo; los reposteros de los mercados que ya se habían quitado el delantal de la abuela para cubrirse con sombreo de chef, comenzaron a desarrollar toda su inventiva financiera y tras colocarse uno de esos floreados uniformes de cocinero televisivo, nos sorprendieron con la explosión de color de sus creaciones de cupcakes financieros a base de Depósitos estructurados, Participaciones preferentes, Bonos de deuda asiática y emisiones garantizadas por bancos islandeses y denominadas en divisas exóticas.

Y así fue como aquellos estómagos acostumbrados a las sencillas magdalenas que destilaban un cierto aroma a corteza de limón y que ya habían sufrido alguna que otra molestia con los adornos y rellenos de los modernos muffins de inversión, acabaron por indigestarse después de un atracón de cupcakes financieros que hizo de emético y dejó a los ahorradores postrados en cama para unos cuantos años. Quizá por eso, la vuelta de la banca tradicional y de los productos sencillos y de fácil comprensión para cualquier ciudadano medio, resulte, para la mayoría de ahorradores que no inversores, toda una tisana financiera.

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