EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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CUANDO EL DINERO NO TIENE PRECIO


Todos somos conscientes de que precio y valor son cosas distintas. El propio Adam Smith explicó con la conocida paradoja del agua y el diamante su percepción de valor. Nadie duda de la necesidad que tiene un ser humano de beber agua para sobrevivir pero como obtenerla es fácil ya que la propia naturaleza nos la ofrece, su precio es muy inferior a su valor. En cambio, un diamante carece de valor de uso, más allá del decorativo y de algunas aplicaciones industriales dada su dureza – recuerden la Ley de Mohs que aprendíamos en el BUP – pero su escasez y el proceso de trabajo que va desde su extracción a su esplendor último, hacen que su precio supere con mucho el valor del bien. Son conceptos muy estudiados, tanto el valor de uso como el de cambio.

Pero hay algo más que acaba separando precio y valor. Al final, el precio es lo que se paga por algo independientemente de su valor intrínseco que es el beneficio o la utilidad que obtenemos y que seguirá siendo parecido, aunque cambien las circunstancias externas que son las que acaban determinando el precio. Es el mismo motivo por el que pagamos el triple por una cerveza fresca si estamos en la playa tomando el sol de lo que abonaríamos en la barra de un bar que es más de lo que cuesta en un supermercado. La utilidad es la misma, refrescarnos, pero el coste de abandonar la sombrilla para ir al bar es superior al diferencial de precios. Y el importe exigido parece nimio si lo comparamos con acudir al supermercado, subir la lata a casa, meterla en el frigorífico y esperar a que se enfríe.

Hay una escena de Casablanca en la que una adinerada señora pretende vender unos diamantes. El comerciante que los analiza con su lupa de relojero le ofrece una cantidad que la dama entiende irrisoria pero que, ante el razonamiento insolente del comprador – el mercado está inundado de diamantes – acaba aceptando.

A los mercados financieros les está ocurriendo lo que a la pobre mujer de la película, el dinero, ese bien que permitía adquirir todos los demás ahora no vale nada. Y es así porque el mercado está inundado de dinero. La deuda titulizada – pública y privada – tiene tal volumen qu el inversor está ante un dilema diabólico: o acepta una rentabilidad tan irrisoria que puede llegar a ser negativa – imagínense a la dama del collar de brillantes pagando al comerciante a cambio de que se lo quede – o asume un riesgo tan elevado que los viejos bonos basura nos parecerían Triple A. Es como si la escena en el Rick’s Café Americain se solventara mediante la entrega, a cambio de las joyas, de un billete en el avión de Lisboa pero a canjear en unos meses y con posibilidad de renovarlo si no hubiera plazas libres. La pobre señora, obligada a vender una pieza de valor por una promesa tan poco creíble, preferiría comerse los diamantes antes que admitir un trato tan desfavorable.

Actualmente, obtener una rentabilidad del 2% parece algo descabellado pero el problema es que la oferta de bonos, al igual que la demanda de crédito, no parece de la calidad suficiente como para asumir el riesgo que conlleva.

En este escenario, la inundación de dinero resulta inane para la economía. Aunque parezca mentira el crédito barato, a diferencia de lo que ocurría en otras ocasiones, no se está traduciendo en inversión. Y no lo hace por dos motivos; el primero es que la capacidad de repago de particulares y empresas serias es reducida; de hecho, la mayoría de agentes económicos sensatos está reduciendo su deuda al ritmo que les es posible, bien a base de cumplir con las obligaciones adquiridas en los plazos pactados, bien mediante desinversiones y realizaciones de aquellos activos que no aportan valor a la compañía ni rentabilidad a sus cuentas. El segundo es tan sencillo de entender como que la sociedad se ha acostumbrado a un escenario que sin ser deflacionario coquetea en exceso con la caída de precios. En esas circunstancias, las familias, con rentas congeladas o claramente inferiores a las de los años de la burbuja y las empresas, con beneficios planos y un negocio al que cuesta remontar prefieren reducir sus balances y esperar a tiempos mejores para adquirir lo que no entiendan como necesario.

El problema final, con unos tipos cada vez más bajos pero con una actividad que no termina de repuntar y una enorme desconfianza generalizada está en que el caballo se ha cansado de seguir a la zanahoria que cuelga del palo.

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