EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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LOS NUEVOS IMPUESTOS.


Suenan tambores de presión fiscal. Dada la situación de España, nuestros políticos han puesto en marcha su enorme inventiva y creatividad y están pergeñando nuevos impuestos que llenen las arcas públicas sin recordar que conforme se vacían los bolsillos de los ciudadanos la presión fiscal tiende a cero y que el total de la nada es ella misma.

Como deja claro la Curva de Laffer, esa idea tan difícil de explicitar en un modelo matemático pero tan evidente como la paradoja de Aquiles y la tortuga que ideó Zenón de Elea, por mucho que quieran nuestros aguerridos políticos, drenar dinero de la actividad privada sólo reduce el volumen total de riqueza sobre la que es posible aplicar impuestos, hasta el punto de que como tantas veces se ha dicho, si gravamos con un impuesto del cien por cien un ingreso de cero obtendremos una recaudación igual a cero.

CASAS SOBRE EL CANAL. AMSTERDAM (PAÍSES BAJOS)

CASAS SOBRE EL CANAL. AMSTERDAM (PAÍSES BAJOS)

Leo que la alcaldesa de Barcelona quiere cobrar una tasa a los cruceristas que oteen la estatua de Colón por pisar la Ciudad Condal. Muchas ciudades turísticas de España, entre ellas Madrid, sopesan la posibilidad de exigir un pago a quienes pernocten en sus hoteles. Pero no sólo se trata de imponer tasas por parte de los ayuntamientos del cambio más propensos a elevar la presión fiscal. En Granada, el anterior gobierno provincial del PP implantó una tasa por reciclaje de basuras que el TSJA ha declarado nula pero que como ya fue cobrada no se va a devolver a los ciudadanos. Y así, podríamos seguir ad infinitum.

El político y su equipo de asesores siempre serán capaces de idear justificaciones para demostrar la justicia de ese nuevo hecho imponible que dará lugar a otro gravamen. Recuerdo que siendo niño se comentó que los ayuntamientos iban a cobrar una tasa de balcones a los pisos que dispusieran de ellos ya que estos ocupaban parte del, no sé cómo decirlo, ¿espacio aéreo municipal? Inefable. Curiosamente, todos estos impuestos y tasas que sólo buscan elevar la recaudación para seguir gastando se suelen idear en momentos de alto endeudamiento público que es cuando debería aflojarse un poco la presión fiscal.

De todos los impuestos y tasas más o menos ridículos que han surgido a lo largo de la historia quizás el más recordado sea el Window Tax inglés que, creado por Guillermo III a finales del siglo XVII estuvo vigente casi dos siglos. La idea era sencilla, se trataba de cobrar una cantidad a cada ciudadano en función del total de ventanas de que dispusiera su casa. Tampoco fue de recibo el Chimney Tax de Carlos II que obligaba a pagar dos chelines por cada hogar o estufa que hubiera en las casas de Inglaterra o Gales. Tasas similares gravaron los metros cuadrados de fachada en los Países Bajos y Bélgica, razón por la cual disfrutamos de las típicas viviendas estrechas y altas que se asoman a los canales de Amsterdam o adornan la bellísima y bruselense Grand Place.

Como todo impuesto, se justificó de modo algo pedestre ya que se estableció que como sólo los ricos podrían comprar una vivienda con muchas ventanas, esta nueva tasa no afectaría al consumo ni a la riqueza general ya que las cantidades a pagar eran reducidas. Además se le dio carta de naturaleza en 1696 mediante An Act for granting to His Majesty severall Rates or Duties upon Houses for making good the Deficiency of the clipped Money y, como no podía ser de otra manera,  se creó un nuevo cuerpo de funcionarios públicos, los Windows peepers que contaban las ventanas desde la calle sin necesidad de entrar en los domicilios como hacían los viejos Chimney men. En fin, lo normal en cuestiones fiscales.

¿Cómo se defendieron los ciudadanos del impuesto? Tapiando ventanas y construyendo casas con menos ventanas lo que hizo que las viviendas tuvieran poca ventilación y menos luz. A parte de las consecuencias sanitarias que se apreciaron con cierta rapidez, también decayó la actividad de las industrias relacionadas con la fabricación e instalación de ventanas, carpinteros, cristaleros, albañiles, etc. Aunque el fracaso recaudatorio fue casi inmediato, el impuesto estuvo vigente hasta 1851 y se aplicó también en Escocia, México, donde lo introdujo el presidente Melchor Múzquiz en 1832 o Francia, como recoge Victor Hugo en Los Miserables, cuando uno de sus personajes menciona la contribución de puertas y ventanas.

Igual que los ingleses del siglo XVIII renunciaron a la luz solar porque no querían o podían pagar impuestos, hoy podrían ser los viajeros los que decidieran no bajarse del barco en el puerto de Barcelona o prefirieran elegir un destino turístico sin tasa por pernoctación.

Lo que no coligen los inventores de estos desatinos son las consecuencias indeseadas de sus decisiones. Si un posible visitante no desembarca en la Ciudad Condal, no sólo no pagará la tasa sino que no generará riqueza entre las empresas barcelonesas ya que no almorzará, ni comprará recuerdos, ni gastará un euro en sus comercios. Al final, en estos casos siempre hay que recomendar al gran Frédéric Bastiat y su Ce qu’on voit et ce qu’on ne voit pas (Lo que se ve y lo que no se ve).

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