EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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NÁPOLES, SERRA Y LA ESPAÑA ETERNA


No soy muy amigo de creer en la predestinación de los hombres y mucho menos de los países. Es más, siempre he creído que ese tipo de actitudes sólo esconde cierta cobardía personal o social. Distinto es que algunos, individuos o colectivos, repitan constantemente actos o decisiones, fruto de una cierta idiosincrasia que llega a convertirse por pura inercia en un predecible modus operandi. Viene esta reflexión a cuento de la peripecia sufrida por don Antonio Serra, ilustre economista y abogado napolitano, incluido entre los mercantilistas, que a finales del siglo XVI elevó al virrey de Nápoles un amplio informe en el que evaluaba la crisis económica del reino, entonces dependiente de la Corona de España.

El planteamiento básico del memorial se realizó comparando la situación económica de Nápoles con la de su rival comercial, Venecia. Sostenía Serra que los venecianos no disponían de tantos y tan variados recursos como los del mediodía italiano y sin embargo, la economía veneciana era mucho más boyante que la napolitana. Además, la situación geográfica del reino de Nápoles, abierto al Mediterráneo era mucho mejor que la de Venecia, situada al norte del Adriático.

En un razonamiento básico y claro, Serra exponía que el reino de Nápoles producía comida suficiente para su propio consumo a la vez que exportaba vituallas por valor de más de seis millones de ducados anuales, en tanto que Venecia no disponía de explotaciones agrícolas suficientes para dar de comer a su población y debía gastar cada año más de ocho millones de ducados en importarla. Por otra parte, incidía en que los ingresos de la Signoria veneciana, a diferencia de lo que ocurría en Nápoles, no se gastaban íntegramente quedando remanente en la Tesorería.

Señalaba también que la poca industria manufacturera de Nápoles les obligaba a importar en exceso, dándose casos tan sangrantes, a causa de su nula industrialización, como la necesidad de importar azúcar refinada de Venecia que debía pagarse al doble del precio al que se había exportado en bruto al propio competidor.

Y por último, hacía hincapié en el inmenso coste que suponía para la economía del reino el ejército acantonado en la península y las islas, así como la sobrecargada administración pública, parte de la cual se componía de beneficiarios que recibían prebendas sin ejercer realmente el cargo para el que habían sido designados. Si a todo ello, sumamos la elevada deuda del reino, contraída casi en su totalidad con prestamistas extranjeros y que detraía aún más la riqueza al retirar capitales, obtenemos un nítido cuadro de la situación económica del Nápoles de la época.

Concluía Serra recordando que la economía napolitana se basaba más en el mero comercio que en la producción y exportación de lo que hoy llamaríamos productos de valor añadido – como ocurría en el comentado caso del azúcar – y en los servicios más que en la industria. Resultaba poco creíble que disponiendo Nápoles de magníficos recursos agrícolas, de los que tanto se enorgullecían los napolitanos, como grano, trigo, cebada, verduras de todo tipo, aceite, vino, almendras, ganado, pescado y marisco con los que Venecia no podía competir, fuera el vecino del norte mucho más rico que el reino. Y concluía señalando que si se consideraban las condiciones de ambas ciudades, Nápoles debería encontrarse en un posición fuerte en la que abundase el dinero, al tiempo que Venecia no tendría que poseer demasiado. Sin embargo, la situación era justo la contraria.

Resulta muy deprimente buscar un paralelismo entre la situación económica del virreinato de Nápoles a la que se refiere don Antonio Serra y la de España a lo largo de los siglos; déficit, elevada deuda – hoy superamos el PIB anual – baja productividad, ausencia de manufacturas que permitan exportar bienes de alto valor añadido y un justo orgullo por nuestros productos que, sin embargo no se transforman y como ha ocurrido durante años con el aceite de oliva, se exportaban para volver a importarlos más caros.

Añádase a ello su mención de la sobrecargada administración pública y los beneficiarios de la época que hoy se denominan asesores, cargos de confianza y libre designación o enchufados varios y obtendremos, desgraciadamente, una imagen muy fiel de nuestra situación actual que se ha ido repitiendo a lo largo de los siglos. El problema de nuestra administración no es tanto su volumen sino la ineficiencia inducida de la misma, fruto de una excesiva dependencia del poder político que obvia que los gobiernos pasan pero los estados permanecen.

Tras presentar su Memorial, el virrey, siguiendo una inveterada costumbre de nuestros gobernantes, tan reacios a escuchar la verdad, sobre todo cuando se critica abiertamente lo que ellos llaman gestión y cualquier observador imparcial calificaría, en el mejor de los casos, como parafernalia inocua aunque habitualmente coquetee con la chapuza, arrestó y encarceló a don Antonio Serra.

Esperemos que hayamos perdido algunas malas costumbres y si algún gobernante lee esto recuerde a Churchill y respete que la democracia es el sistema político en el cual, cuando alguien llama a la puerta a la seis de la mañana, se sabe que es el lechero.

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6 comentarios

  1. misael dice:

    D. Luis,

    Magnífico post. Felicidades. Gracias a vd. he podido hacer un viaje imaginario a esa época, de la que lo desconozco todo.

    Me ha estremecido esto: “El problema de nuestra administración no es tanto su volumen sino la ineficiencia INDUCIDA de la misma”… luego me he sobrepuesto… y he dicho.. pues claro ! ¿ A qué sino tanta ineficiencia ?

    Con respecto al encarcelamiento del funcionario fiel y eficaz Serra… contaba Xavier Orcajo, por el que siento admiración en muchos sentidos, en el programa Buenos Días España, de Radio Inter, que él se enteró de que era práctica habitual de algunos notarios barceloneses dejaran números de protocolo, o como se llamen, abiertos, es decir, sin uso, para que luego, cuando llegara el amiguete millonetis, poderlos ocupar con fechas ya pasadas. Esto lo comentaba D. Xavier a propósito del encargado de asuntos kuwaitíes, Javier de la Rosa.

    Pues resulta, que el bueno de Orcajo se fue un día a hablar con el presidente del colegio de notarios y a contarle el asunto, del que pareció tomaba buena nota para solventarlo. Y remata el periodista diciendo que poco duró el presidente del colegio de notarios de barcelona en su puesto.

    Ya ve… la condición humana viaja a lo largo de los siglos… cambia la ciencia… pero no la conciencia.

    Saludos cordiales

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  2. Miguel Angel Lorenzo Mier dice:

    ¡Ay! ¡el inefable Javier de la Rosa! ¡Si vd. supiera!.

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    • misael dice:

      Una vez escuché, en algún programa radifonico, que a “Javier de la Rosa” le faltó sex appeal, algo así como el porte de Mario Conde. Con eso, habría llegado más lejos.

      Y yo pensé ¿ más lejos aún ? Presidente de CCAA ¿ quizá ? Ya se ve que no es óbice tener cuentas en Luxemburgo o que te afeen el 3 percent en público para ser elegido molt honorable.

      En todo caso, ya podría vd. anonimizar un poco su nick y contarnos algo… a algunos nos gusta la historia… y las historietas.

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      • Miguel Angel Lorenzo Mier dice:

        Podría contarles como consiguió ser Presidente de Ebro Cia. de Azúcares y Alcoholes S.A., La más grande Compañia Azucarera en aquellos momentos del panorama español. Entonces “el señorito” defendia los intereses Kuwaities en España.

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  3. Gracias a los dos por sus comentarios. El problema de España ha sido siempre el clientelismo. La administración se ha utilizado como un elemento más de ejercicio del poder y de reparto de prebendas. Al menos, hoy existen los funcionarios por oposición. Algo se ha ido mejorando en estos siglos.

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