EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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CUANDO CAMBIAR ES SER OTRO


El miedo al cambio es connatural al ser humano. Una de las frases más escuchadas en todas las empresas es esa que justifica cualquier procedimiento con un aquí, siempre se ha hecho así. Pero si difícil es modificar las formas mucho más complejo es eliminar el fondo de una empresa. Y sin embargo, asumir que nuestro negocio ya no tiene mercado es imposible de obviar cuando la realidad, siempre tozuda, nos deja claro que lo que hacemos ya no le interesa a nadie.

RELOJ DE SOL. ÚBEDA (ESPAÑA)

RELOJ DE SOL. ÚBEDA (ESPAÑA)

Cuando la máquina de vapor transformó el mundo en lo que los historiadores denominan la Revolución Industrial, hizo que desaparecieran, como por ensalmo, profesiones que existían desde tiempos inmemoriales. Los telares industriales expulsaron la rueca de los hogares, la misma rueca en la que nos contó Homero que hilaba Penélope esperando que su esposo, Ulises, volviera de la guerra de Troya. Como rechazo a la industrialización surgieron los luditas que tomaron su nombre de un imaginario líder, Ned Ludd, a quien se atribuía la destrucción de telares con la intención de acabar con las nuevas máquinas que enterraban un sistema milenario de tejer. Lo cierto es que en poco tiempo, los empleados en las fábricas textiles superaban en mucho a los que años antes tejían en casa, ganaban más y la calidad de los tejidos comercializados era muy superior.

El ludismo fue una reacción a la forma de trabajar. Sin embargo, entonces por las máquinas y hoy por la informática son muchos los oficios que dejan de ser necesarios y muchas, también, las empresas que si no asumen que su mercado agoniza morirán en plazos muy cortos. Si el gas y la luz eléctrica acabaron con velas y cererías, reducidas al ámbito de lo religioso; el cine acabó con las compañías de cómicos de la legua, la televisión influyó en que ya casi no haya circos ambulantes y los viajes y los documentales harán prescindibles los zoológicos porque ya, a nadie le sorprenderá ningún animal, por exótico que sea.

Frente a esa situación, hay pocos caminos, el de la calidad, el del desarrollo tecnológico, el de la búsqueda de nuevos negocios en ámbitos cercanos y por último, el de aquellos que abandonan el negocio tradicional para emprender otro totalmente nuevo pero manteniendo la estructura empresarial y la marca de prestigio.

El primer caso sería el de los fabricantes de artículos de escritorio. Hoy todos escribimos ante una pantalla de ordenador pero se siguen vendiendo estilográficas y papel de calidad aunque sólo sea para esa minoría de románticos que gustamos de escuchar el rasgar del plumín sobre la hoja. Casos similares son los del disco de vinilo o los relojes de cuerda. Es claro que su volumen de negocio es muy inferior al que fue en su apogeo y por tanto, sólo los mejores, los que hagan los productos de máxima calidad podrán permanecer en el mercado.

El desarrollo tecnológico es habitual en muchos sectores. Pensemos en empresas como Gillete que ya en 1901 comercializó la Safety Razor, primera cuchilla de afeitar de hojas desechables y que evolucionó desde las navajas barberas a las maquinillas eléctricas y a todo un catálogo de productos cada vez más sofisticados.

En lo que respecta a buscar nuevas actividades en ámbitos cercanos podemos recordar a empresas como Olivetti que dejaron de fabricar máquinas de escribir para comercializar teclados, ordenadores y demás ingenios informáticos. Uno de los casos más interesantes de desarrollo empresarial es el de Wilkinson-Sword (Schick en algunos países), una empresa fundada en 1772 y que se dedicó desde entonces y hasta 2005 a fabricar espadas. Uno de sus sables fue el regaló que entregó Winston Churchill a Stalin durante la Conferencia de Teherán como homenaje al triunfo soviético sobre los nazis en la Batalla de Stalingrado. A lo largo de este tiempo, su catálogo ha incluido bayonetas, armas, tijeras de jardín o de costura, navajas de afeitar y hasta máquinas de escribir o motocicletas en un ejercicio secular de adaptación a un mercado voluble.

Y por último, hay quien cambia radicalmente de negocio para poder sobrevivir a los vaivenes del mercado. Recordemos algunos casos interesantes. La conocida marca española de bicicletas Orbea, fundada en 1840, fue inicialmente una fábrica de revólveres. Originalmente, Samsung exportaba frutas, vegetales y pescado seco y Suzuki fabricaba telares. Siguiendo en el negocio del automóvil, Opel – fundada en 1852 – y Peugeot – nacida a principios del siglo XIX como fabricante de molinillos de café – se dedicaron a las maquinas de coser antes que a los coches. La alemana también hizo bicicletas y Peugeot llegó al automóvil tras los miriñaques, las ballenas para corsés y las esquiladoras de caballos.

En 1865, Frederik Idestan creó una fábrica de pulpa de madera para papel que años después fusionó con otra de caucho. De esa fusión nació Nokia que fabricada desde suelas de zapatos a neumáticos. Y cuando adquirieron una fábrica de cables nació el futuro gigante tecnológico.

Una empresa no es sólo lo que hace, sino también quien, cuando, donde, cómo y por qué lo hace. Pero también para quien. Y es este último elemento de quien depende su supervivencia. Pues si nadie quiere lo que hace, pierde todo sentido hacerlo. Y en ese momento,sólo tiene dos opciones, morir o reinventarse hasta ser otro.

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