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LA OTRA CARA DE LOS JUEGOS


Emitido en La mañana de COPE Granada.

Esta noche se celebrará la Ceremonia de Inauguración de los Juegos Olímpicos. Así que todos los que disfrutan del típico y cansino espectáculo de luces y sonido en el que centenares de ilusionados voluntarios acaban realizando figuritas sobre el césped y que culmina con el desfile de atletas y el encendido de la llama olímpica estarán de enhorabuena. Incluso habrá entre ustedes quienes vibren con un emocionante encuentro de bádminton entre Surinam y Laos o con la final de sable entre un húngaro de nombre impronunciable y algún educado japonés. No es mi caso.

La organización de unos Juegos es, junto a las grandes obras públicas, uno de esos momentos en los que la sensatez del economista choca con las ansias de trascendencia de los políticos y el equivocado sentimiento de orgullo nacional de la mayoría de los seres humanos. Los primeros Juegos de la era moderna se celebraron en Atenas en 1896 con el apoyo incondicional y entusiasta de la Familia Real y del pueblo griego y la oposición del primer ministro que se resistió con el argumento de que ese capricho iba a costar muy caro.

La realidad es que organizar unos Juegos suele ser una calamidad económica con unos relativos, cuando no negativos, réditos de imagen. La mayoría de los estudios económicos realizados al respecto tiran por alto la idea extendida de que incrementan la actividad económica y el turismo futuro. Es cierto que puede que lo hagan, pero a un coste tan excesivo que no soporta la más leve defensa.

Por citar algún ejemplo: Según Baade y Matheson (2002) los Juegos de Atlanta absorbieron 1600 millones de dólares y dejaron 25 mil puestos de trabajo. Es decir, cada colocación costó 64 mil dólares de dinero público. Madden (2006) estudió el impacto de los Juegos de Sidney que fue positivo para el estado que los albergó aunque el conjunto del país perdió dinero. Además, dejan infraestructuras carísimas e inútiles. No hay más que leer sobre los estadios del Mundial de Brasil o ver la Caja Mágica de Madrid que, además, perdió los Juegos. Me dirán que Barcelona’92 cambió la ciudad y es cierto. Pero yo les pregunto, ¿era necesario buscar una excusa para acometer las reformas que requiere una gran urbe? Creo que no.

Los Juegos han sido campo de batalla político. Recordemos el encuentro de waterpolo entre Hungría y la URSS de 1956 que acabó con la piscina ensangrentada; los boicots de Moscú y Los Ángeles o la descarada connivencia con muchas dictaduras. Hace exactamente ochenta años que el Berlín Olímpico fue convertido por los nazis en el escaparate internacional de Hitler.

No dejemos de lado la corrupción que los rodea. Y no me refiero al doping, sino a los conocidos sobornos en las votaciones de las sedes, a la especulación inmobiliaria y a la corrupción política que generan.

Y por último, mientras se emocionan viendo ondear la bandera de España en Río piensen en lo que nos cuesta cada medallita a los ciudadanos y en la cantidad de recursos públicos que absorbe el olimpismo y todo lo que le rodea. Y ya, si aún así les gusta, pues disfruten de las retransmisiones. Otros, llámennos mercantilistas, demagogos o aguafiestas, preferiríamos que nuestros impuestos se dedicaran a investigación, desarrollo y servicios públicos. En definitiva, a crear riqueza y no a alimentar egos.

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