EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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EDUCACIÓN Y DEBERES


Emitido en La Mañana de COPE Granada.

AQUELLOS VIEJOS PUPITRES. AULA DE DON ANTONIO MACHADO. BAEZA (ESPAÑA)

AQUELLOS VIEJOS PUPITRES. AULA DE DON ANTONIO MACHADO. BAEZA (ESPAÑA)

No contentos con llevar el populismo a los escaños del Congreso, hay quien quiere acomodarlos en los pupitres de las aulas. A todos nos gustaría disfrutar de la fortuna de un Amancio Ortega sin necesidad de hacer la travesía del desierto de decenios de esfuerzo y trabajo desde las batas de boatiné hasta la Tierra Prometida de la Lista Forbes. Pero hacerse rico no es fácil y no hay, para conseguirlo, más que cuatro caminos; el trabajo, la herencia, la suerte y la delincuencia. Descartado el último por motivos éticos y el de la herencia por evidencia genética, al común de los mortales no nos quedan más que dos, el de la suerte, a la que cortejamos con mayor o menor frecuencia gracias a una institución tan española como la Lotería y el menos deseado que suele ser el único posible, el del trabajo.

Y sin embargo, miles de padres, supuestamente bienintencionados y sin duda alguna demasiado blandos en cuestiones de autoridad y absolutamente débiles en las de pensamiento, abogan por reducir las tareas escolares de nuestros niños que por cierto, no descuellan entre los más brillantes de los países desarrollados. Cada vez que escucho a alguien decir que los niños llevan demasiada tarea y que les estamos robando la infancia, ahondo en mi vieja convicción de que en España, siempre cabe un tonto más. Qué digo uno, un buen puñado. Somos un país generoso con nuestros tontos. Es más, no creo que haya un idioma en el que existan más posibilidades de catalogar la tontuna y definir a sus protagonistas. Así que a estos padres, del tipo tonto compasivo, hemos de buscarles un lugar de honor en el podio de la tontería patria.

Todos hemos sido niños y a todos nos ha parecido terrible hacer deberes. Todos somos adultos y preferiríamos no trabajar y vivir de las rentas. Pero la vida es como es y hay que educar para ello. Pretender que un niño disfrute de la infancia como si fuera una historieta de colorines, baladas horteras y princesas y caballeros es propia de quienes han sido abducidos por las almibaradas películas de la factoría Disney. Pero la realidad es distinta. Y lo sabemos todos. Así que es mejor que lo admitamos cuando antes. No se trata de disciplinar a los niños como si fueran espartanos, dejándolos a la intemperie las gélidas noches de invierno y haciéndolos marchar cargados en las tórridas mañanas del estío. Pero sí, de que aprendan que los resultados no caen del cielo como el maná bíblico lo hacía en el desierto y que deben buscar la eficiencia consiguiendo el máximo rendimiento con el mínimo esfuerzo.

Siempre he defendido que el colegio enseña y la familia educa. Y una parte muy importante de la educación está en disciplinar nuestra natural tendencia al dolce far niente y encauzar nuestras fuerzas hacia el éxito. El profesor enseña y el colegio socializa. En el patio hacemos nuestros primeros amigos y enemigos; en las aulas nos enfrentamos por primera vez con la autoridad, la misma que nos acompañará el resto de nuestra vida, sea con uniforme de policía o con toga de magistrado, el pupitre es nuestro primer puesto de trabajo y la tabla de multiplicar se puede aprender jugando pero hay que repetirla muchas veces para no olvidarla nunca y no tener que recurrir a la calculadora del móvil cuando te vas de rebajas y quieres saber en qué se queda la chaqueta que te gusta. Volver a casa del colegio y sentarte frente a la mesa de estudio para consolidar los conocimientos que un heroico profesor trata de inculcar a un niño, no es sólo necesario para aprender, lo es también para crear rutinas y métodos de trabajo, organizar el tiempo, inculcar el orden y desarrollar virtudes tan necesarias en la vida como la capacidad de concentración, la fuerza de voluntad, la perseverancia y la decisión. No hay nada más placentero para un niño que descubrir, en la soledad de su cuarto y bajo la tenue luz de un flexo, su capacidad para resolver un problema sin que vengan papá o mamá a explicárselo. Ese día, el niño protestón y enfadado que se acomodó en la mesa de estudio se levanta Premio Nobel.

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