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LA INVENTIVA POLÍTICA Y LOS IMPUESTOS


Es comúnmente sabido que la imaginación de los políticos para crear impuestos es legendaria.

VENTANAS TAPIADAS EN NOTTING HILL. LONDRES (REINO UNIDO)

VENTANAS TAPIADAS EN NOTTING HILL. LONDRES (REINO UNIDO).

Así que no me ha extrañado nada leer en la prensa que el gobierno portugués ha decidido crear un recargo en el impuesto municipal de la vivienda – el equivalente a nuestro IBI – para los pisos luminosos. Es decir que aquel viejo argumento de los vendedores de las inmobiliarias recalcando cuanta luz tenía una vivienda se vuelve ahora en contra de su comprador. Lógicamente, el legislador intenta camuflar su voracidad recaudatoria bajo un delicioso eufemismo que responde al concepto de localización y operacionalidad relativas y que significa que el valor catastral de una vivienda soleada se revisa al alza.

No parece raro, pues en España ya tenemos otro impuesto al sol regulado por el RD 900/2015 y que tanto dio que hablar pero que sigue vigente. Lo de menos es el hecho imponible, y resulta indiferente que sea medianamente razonable, la cuestión es recaudar. En España, por ejemplo, hay Ordenanzas Municipales que regulan tasas por balcones en razón de que se utiliza un espacio público aéreo. La excusa siempre ha de ser la necesidad de atender las demandas de los ciudadanos, independientemente de que existan o no. Piensen en los impuestos sobre el alcohol y el tabaco que conviven con una aparente posición oficial de lucha contra estos vicios o placeres – ponga cada uno el adjetivo que le apetezca – por razones de salud. No hay que ser muy estudioso ni perspicaz para entender que la recaudación por el impuesto es muy superior a los costes provocados pues en caso contrario me extrañaría que el estado estuviera dispuesto a perder ni un euro.

Cómo todos sabemos, el gobierno siempre tendrá excusas para gastar y nunca incentivos para ahorrar. Y como para gastar hay que recaudar impuestos, cuando sabe que es impopular subirlos, pasa a la ofensiva creando otros nuevos. Al fin y al cabo como dijo Will Rogers –conocido cowboy, actor y humorista estadounidense – la única diferencia entre la muerte y los impuestos es que la muerte no empeora cada vez que se reúne el Congreso. Y lo peor de todo es que una vez aprobado un impuesto, siempre se crea un equipo de inspectores y gestores cuyo coste es, a veces, superior a lo recaudado.

Al hilo de la revisión catastral del gobierno de progreso portugués – ¿es progreso cobrar por recibir la luz del sol? – he recordado algunos impuestos curiosos como el que decidió cobrar el emperador romano Vespasiano por el uso de los urinarios públicos, el que impuso el zar Pedro I de Rusia a todos los hombres con barba, el que cobran en la provincia china de Hubai a quienes no fuman – sí, a los que no fuman – y quizá el más famoso de todos por su larga vigencia de más de siglo y medio, el inglés window tax o impuesto sobre las ventanas.

En 1696, el rey Guillermo III de Inglaterra acuciado por las deudas pidió a sus ministros que atendieran de algún modo las reclamaciones de los prestamistas. Lógicamente, los políticos plantearon lo más sencillo: crear un nuevo impuesto que, como tantos otros, tuvo un efecto perverso sobre el bienestar de los ciudadanos. Treinta años antes, el gobierno del rey Carlos II había intentado solventar otra crisis de ingresos con el impuesto sobre las chimeneas que obligaba a pagar dos chelines por cada hogar o estufa en cualquier casa de Inglaterra y Gales. Para recaudarlo se creó un cuerpo de inspectores – ¡cómo no! – los conocidos como chimney-men que debían entrar a las casas para poder comprobar la existencia del hecho imponible. El window tax era más sencillo de inspeccionar ya que los window peepers podían contar las ventanas desde la calle. El impuesto era progresivo, a mayor número de ventanas, mayor era el tipo a satisfacer y aunque consiguió recaudar importantes cantidades al principio, provocó que las nuevas casas se construyeran con menos ventanas y que los inquilinos de las antiguas – el impuesto lo pagaban ellos, no los dueños – empezaran a tapiarlas para poder afrontar su coste que se triplicó a consecuencia de los enormes gastos que debieron afrontarse para enviar al pequeño corso a disfrutar de la jubilación en Santa Elena. Al final, lo que logró el window tax fue empeorar las condiciones de vida de los más pobres ya que las malas condiciones de ventilación de las casas que carecían de agua corriente y saneamientos, convirtieron los barrios más pobres en nidos de insalubridad y fomentaron la propagación de enfermedades infecciosas como la disentería, el tifus o la gangrena.

Y sin embargo, aún a sabiendas de todos los problemas que generaba, no se eliminó hasta 1851. ¿Por qué? Porque parece que los estados son incapaces de implementar políticas de ahorro para reducir el déficit prefiriendo la vía fácil del ingreso.

Como curiosidad nos queda que fue el window tax el responsable de que en muchas ciudades de Inglaterra nos encontremos con edificios antiguos que, en bastantes ocasiones, lucen en sus fachadas hileras completas de ventanas tapiadas.

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1 comentario

  1. ALMEIDA dice:

    De lo que son capaces los políticos por tal de recaudar. Increíble.

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