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LA “INTELECTUALITÉ” DEL CINE


Publicado en Granada Hoy.

Siempre he pensado que el artista alcanza la madurez cuando decide cruzar la tenue línea que separa la bohemia del show business. Uno sólo domina su obra cuando es capaz de vivir de ella, cuando el lector o el espectador están dispuestos a pagar por disfrutarla y establecen un diálogo creativo y enriquecedor entre ambos. Hasta ese momento, o es un millonario diletante o un pobre esclavo del mecenas de turno que impondrá su gusto a cambio de una, más o menos, generosa subvención o un pobre bohemio, hambriento y resentido cuya obra nadie aprecia. El malditismo ha hecho mucho daño a la cultura contemporánea. Que grandes artistas como Van Gogh o Kafka fueran desconocidos, o incluso despreciados por sus contemporáneos, no convierte en genio incomprendido al primer berreador de ripios que se siente a aporrear una guitarra, ni a quien lanza cubos de pintura sobre un lienzo, ni al tipo que define cuatro párrafos, sin trama ni argumento, como novela ultrapostmoderna.

Y al cine español le pasa algo parecido. Se ha instalado en una ridícula batalla ideológica permanente  que le hace poco atractivo a demasiados ciudadanos. Más aún, cuando algunos de sus más ínclitos representantes, insultan al público como parte de una estrategia suicida que solo provoca miles de salas vacías. Nunca he visto a ningún comerciante gritar e injuriar a los transeúntes por no entrar a comprar a su establecimiento. Y sin embargo, cada Gala de los Goya siento una sensación similar. Pero lo que más me rebela contra algunos de estos tipos es esa petulancia mal copiada de la sesentera nouvelle vague que iba a revolucionar el cine y se acabó rindiendo a los clásicos. Esa manía de arrogarse una intelectualidad que no demuestran en sus formas ni en su obra y esa presuntuosa actitud de definirse como la gente de la cultura. Se ve que los demás somos analfabetos y por eso no nos gustan muchas de sus películas. Igual es que son malas. Y punto. Lo primero que deberían aprender es que el cine es un entretenimiento y un negocio que sólo algunos elegidos convierten en arte.

En plena caza de brujas del maccarthismo y en una reunión de la Liga de Directores, en la que De Mille pedía la cabeza de Mankiewicz, un tipo desgarbado, con un parche en un ojo y una pipa mordisqueada se levantó y dijo: Me llamo John Ford y hago westerns. No se proclamó intelectual, ni gente de la cultura. Y era Ford, señores, John Ford. En fin.

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