EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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EL FIN DE LA CORRUPCIÓN


Emitido en La Mañana de COPE Granada.

Ni la bondad ni la buena voluntad son garantía de éxito por sí mismas.

PLACE DE LA CONCORDE. PARÍS (FRANCIA)

PLACE DE LA CONCORDE. PARÍS (FRANCIA)

Si repasamos la historia, podremos comprobar la cantidad de desastres que ha generado esa gente que hace las cosas por el bien de los demás sin preguntarle a los demás si están interesados en que las hagan o si, por lo menos, creen que van a obtener algún tipo de beneficio razonable. Ya se sabe que no hay nadie más peligroso que quien no es consciente de las consecuencias de sus actos. Mucho más, si se cree en posesión de altos valores. En fin, piensen que Robespierre era tan moralmente estricto, recto y austero que le llamaban l’Incorruptible y sin embargo, su exceso de celo al defender los valores de la Revolución Francesa y su desmedida radicalidad, hicieron que sus meses a la cabeza del gobierno se conocieran como el Terror. Y al final, él mismo terminó sus días escuchando como la hoja de la guillotina caía sobre su cuello.

En política, como en la vida misma, el exceso de moralidad no deja de ser una pose. Y a veces cansina. Muy cansina. Porque una cosa es ser bueno y otra muy distinta estar recordándolo a diario. Ya nos dice el Evangelio que nos guardemos de los falsos profetas, que vienen a nosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces y nos advierte, con razón, de que a todos, por sus obras les conoceréis y, añado yo, no serán mejores sólo porque ellos te lo digan.

Los dos nuevos partidos que tanto juego están dando en esta legislatura presumen de la misma incorruptibilidad que Robespierre y recuerdan, por sus sermones diarios a los viejos predicadores. Más deudores de Savonarola y de sus hogueras de las vanidades, los líderes de Podemos, y más de discurso melifluo y bienintencionado los representantes de Ciudadanos. Pero ambos, perfectos e incólumes como cátaros medievales y, dicho en román paladino, encantados de haberse conocido.

Abanderan ambos partidos la lucha dialéctica contra la corrupción y los malos hábitos de lo que ellos llaman vieja política, obviando que entre sus filas se sientan muchos que no han nacido ayer a la política y atesoran largas carreras en esos partidos viejos y corruptos.

Y ahora, en esa especie de voluntarismo infantil que caracteriza tanto a Ciudadanos, han presentado con el habitual bombo y platillo marca de la casa, una Ley que, según ellos, acabará con la corrupción. Supongo que la misma buena voluntad tenían los redactores de las leyes penales. Pero todos sabemos que ni esta ley acabará con la corrupción, ni el Código Penal con la delincuencia porque, sencillamente, el ser humano no es tan perfecto como algunos nuevos políticos y es tan corruptible como lujurioso, perezoso, envidioso, avaricioso, iracundo y orgulloso como para delinquir. Y si me dejo fuera la gula es porque suele ser vehículo de corrupción más que motor de la misma.

Bromas aparte, la propuesta es encomiable aunque adolece, si hacemos caso a lo que propagan líderes y militantes del partido, de un buen número de defectos y algún matiz que no hubiera desagradado al mismo Robespierre. Obligar a los partidos a responder económicamente de los delitos cometidos por sus cargos públicos en casos de corrupción es una socialización de la pena absolutamente inadmisible. Cesar a un cargo público o impedir a un ciudadano presentarse a las elecciones, sin que exista una sentencia judicial firme es una auténtica barbaridad jurídica, una confusión inadmisible entre moral y ley y un desprecio al votante. Y prohibir el indulto a un condenado por corrupción es una auténtica pamplina. Si se puede indultar a un asesino, ¿por qué no a un corrupto? Lo que deberíamos hacer es establecer un procedimiento de revisión judicial para el indulto y no dejarlo a gusto del gobierno. Y para acabar con la corrupción hay medidas más efectivas. La primera, hacer transparente la financiación de los partidos y la segunda, tras ver como el Caso Noos se ha juzgado once años después de que saltara a la luz, darle medios a la policía y a los jueces para que los procesos por corrupción no se eternicen. Lo demás, al final, son fuegos de artificio.

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1 comentario

  1. misael dice:

    De acuerdo, pero añadiría:

    La reforma de la Ley 41/2015, de Enjuiciamiento Civil sólo vino para ahondar, y bastante, en la impunidad de nuestra ampliamente corrupta casta política.

    No parece que ahora que el PP está en minoría algún partido fuerce la revisión de esa ley.

    Le dijo un apunte al respecto de ella:

    … antes de la entrada en vigor de la Ley 41/2015 las Asociaciones mayoritarias de Jueces (“Francisco de Vitoria”, “Jueces para la Democracia” y “Foro Judicial Independiente”) y de Fiscales (“Asociación de Fiscales”, “Unión Progresista de Fiscales” y “Asociación Profesional Independiente de Fiscales”), -como vemos tanto conservadoras, como progresistas, como independientes-, emitieron conjuntamente un comunicado en el que exigían al Ministerio de Justicia la suspensión de la entrada en vigor de la reforma, que “coloca a los miembros del Ministerio Fiscal en una irresoluble tesitura, al resultar de imposible cumplimiento el mandato legal con los medios personales y materiales con que se cuenta en la actualidad, y a los jueces de instrucción en un delicado papel en el que, dirigiendo ellos la instrucción, carecen de capacidad para prolongarla en el tiempo, si no es tras la petición del fiscal”, situación que va a provocar “la impunidad de hechos delictivos que debieran ser castigados”.

    Fuente. http://blog.sepin.es/2016/01/plazos-instruccion-reforma-lecrim/

    Así que ya ve vd., D. Luis, nuestra dirigente casta no sigue sino blindándose contra la justicia ante el “destape” de nuevos casos de corrupción, y lejos de su mente queda el hacer propósito de enmienda.

    Saludos

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