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DE IKE A TRUMP


Publicado en Granada Hoy.

Dwight Eisenhower me expresó su total frustración frente a la burocracia del gobierno. Se había quedado anonadado al comprobar que sus órdenes directas se desvanecían en la nada sin dar jamás fruto alguno. Así cuenta Walter Cronkite en Memorias de un reportero como el victorioso Ike descubrió que gobernar era muy diferente a mandar un ejército. Y eso que era tan popular que, si decidía presentarse, nadie dudaba de su victoria en las elecciones de 1952. El propio Truman confesó a Bill Lawrence, corresponsal del New York Times en la Casa Blanca – lo cuenta en su libro Seis presidentesque siempre apoyaría a Eisenhower para cualquier cargo. Un instante después debió aclarar que si optaba a la presidencia, sólo lo haría si encabezaba la candidatura demócrata. Ike  sabía que nadie discute las órdenes de un general en el campo de batalla, pero la política, para ser efectiva -y más en un país diseñado por los más conspicuos liberales-, requiere alcanzar compromisos. Con la oposición, con los propios correligionarios, con la sociedad civil y con la ciudadanía, siempre expectante y exigente.

Tras él, nadie sin experiencia política previa había ocupado el Despacho Oval. Hasta que llegó Trump. Y muchos argumentaron que quien había dirigido con aparente éxito un gran emporio inmobiliario sería el mejor gestor posible para la primera economía del mundo. Pero Trump está experimentando la misma desazón que Eisenhower. Firma y firma y poco cambia. Un estado es organizativamente mucho más complejo que cualquier empresa. El beneficio empresarial se aprecia en la Cuenta de Resultados y se expresa en moneda corriente. El de la gestión política está en la satisfacción de los ciudadanos y no es tan sencillo de medir. Para un gobierno, el ciudadano es cliente y proveedor –disfruta los servicios pero también aporta los fondos necesarios vía impuestos- y además, las exigencias de los votantes son infinitas porque no hay posibilidad de irse a la competencia.

Resulta claro que cada trabajo requiere aptitudes distintas y actitudes diversas. Quizá por eso Churchill diferenciara el cielo del infierno afirmando que en el cielo, los cocineros son franceses, los policías ingleses, los mecánicos alemanes, los amantes italianos y los banqueros suizos y en el infierno, los cocineros ingleses, los policías alemanes, los mecánicos franceses, los amantes suizos y los banqueros italianos.

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