EL MÁS LARGO VIAJE. BITÁCORA DE LUIS G. CHACÓN.

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PAMPLINAS PROGRESISTAS


Emitido en La Mañana de COPE Granada.

Tengo un amigo aficionado a la historia militar que desde pequeñito ha demostrado gran predilección por las tácticas y estrategias de los grandes genios de la guerra. No hay película que no haya visto, ni libro que no haya leído, ni juego de estrategia que no conozca y en el que no sea un ganador reconocido. Una de sus grandes pasiones, a la que ha dedicado muchas horas de estudio, es la carrera de Napoleón, desde el exitoso sitio de Tolón en el que se dio a conocer hasta el desastre de Waterloo que acabó con el Imperio. Da gusto escuchar sus explicaciones sobre la Guardia Imperial, el terror que generaba en los enemigos una carga de caballería y como el general Cambronne erró al no reservar no se qué y para explicártelo utiliza los cubiertos que se convierten en brigadas francesas atacadas por los panecillos de Wellington, en un mapa improvisado sobre el inmaculado mantel de algún restaurante, en el que los vasos se convierten en baterías francesas y la aceituna más gorda es Napoleón divisando el campo de batalla de Waterloo.

Otra cosa es que le dé un repullo cada vez que oye un cohete, que jamás haya montado a caballo ni disparado un arma y que prefiriera declararse objetor de conciencia para no ir a la mili porque – en palabras suyas- debía ser algo muy cansado. Ya se sabe que una cosa es predicar y otra dar trigo. Más o menos como los chicos de la nueva izquierda que se creen que la Transición se hizo mal porque no la hicieron ellos con sus camisetitas y sus mensajes en twitter. Cada vez que escucho a Iglesias, Montero y demás líderes de Podemos, por no hablar del inefable Alberto Garzón, hablar al respecto de aquel proceso posibilista que fue la Transición democrática me recuerdan a mi amigo poniendo tres bollitos frente a dos tenedores y explicando cómo los fusileros ingleses que estaban cuerpo a tierra devastaron a la Guardia Imperial disparando a quemarropa. Luego cada comensal se come su fusilero mientras picha con el guardia imperial alguno de los platos recién servidos.

A la muerte de Franco, los militares del búnker, que habían ganado la guerra no eran bollitos de pan, eran tipos de bigote recortado, verbo inflamable y gatillo fácil. Y la Brigada Político Social no usaba tenedores, ni la policía reprimía las manifestaciones pidiendo por favor a los convocados que se retiraran. El gran mérito de los artífices de la Transición fue ir – en palabras de Torcuato Fernández Miranda – de la Ley a la Ley, renunciando al poder omnímodo que las Leyes Fundamentales otorgaban al rey hasta dar a luz una Constitución democrática en sólo tres años. Las elecciones de 1977, de las que celebramos 40 años, unos con emoción y otros vistiéndose de payasos para salir en la tele, fueron posibles porque desde dentro del Régimen se convenció a los procuradores en Cortes para que se hicieran el famoso harakiri que acababa con su propia visión del país. Fueron posibles porque el rey Juan Carlos, olvidado en los actos solemnes de conmemoración, tuvo la habilidad de nombrar a Suárez y este la valentía de legalizar los partidos políticos y el famoso Sábado Santo, hasta al Partido Comunista. Para que algunos líderes de izquierda y derecha no se hablen hoy fue necesario que Fraga presentara a Carrillo en el Club Siglo XXI. Si vivimos en una democracia consolidada en la que un puñado de niñatos, politiquillos de tertulia de facultad y revolucionarios de cafetería, pueden inundar las redes sociales de pamplinas y boutades es porque hace cuarenta años una generación de españoles de todas las ideologías que trabajó y se esforzó mucho más que ellos para levantar España, contuvo la respiración mientras un puñado de aventureros, parafraseando a Adolfo Suárez, conseguía cambiar las cañerías del edificio en el que vivíamos y aún vivimos, sin cortar el agua, el tendido eléctrico, dando luz a diario, el techo, las paredes y las ventanas sin que el viento, la nieve o el frío se notaran y consiguiendo, además, que las inquietudes de esa obra no produjeran molestias a los vecinos.

Así que honremos a quienes lo lograron y dejémonos de pamplinas.

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1 comentario

  1. Miguel Angel Lorenzo Mier dice:

    ¡Estupendo artículo!

    Me gusta

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