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UNAS GOTAS DE LANVIN


Publicado en Granada Hoy.

BARRIO JUDÍO. PARÍS (FRANCIA)

BARRIO JUDÍO. PARÍS (FRANCIA)

De todas las anécdotas que he leído sobre Simone Veil, gran dama del liberalismo europeo, la que define más claramente la voluntad de hierro de esa mujer que vivió y sufrió el Holocausto es la que cuenta como se perfumó con un frasco de Lanvin antes de entrar por vez primera en las duchas de Auschwitz. Decía que fue el gesto de coquetería de una adolescente. Su amiga y ella sabían que los nazis se lo requisarían. Para mí siempre ha sido un gesto de orgullosa rebeldía. Puede que inocente pero trascendental. En medio de aquel horror, la jovencísima Simone vivió el pánico de las redadas y el miedo a la muerte y sintió el hambre y el hedor de los hornos crematorios; perdió a su madre y en palabras suyas, le amputaron la intimidad. Tras la guerra, supo del asesinato de su padre y de su hermano. Y aún así, siempre recordó con enorme generosidad a Stenia, la guardiana polaca y exprostituta, que la salvó de ser gaseada.

La experiencia en los campos de exterminio le generó una convicción que todos debemos compartir, que los hombres son capaces de lo mejor y lo peor. Que cada uno de nosotros somos y hacemos lo que decidimos ser y hacer y que la cobardía y el miedo sólo son excusas vanas. Sabía que había vivido una experiencia terrible pero no admitía el victimismo, era maravilloso haber sobrevivido.

Fue jueza cuando serlo era una rareza y se convirtió en la primera mujer ministra de la V República. Nunca tuvo el poder de De Gaulle o Mitterrand pero les igualó en grandeur y autoridad moral. Judía, mujer y liberal. Parecía demasiado para la Francia de los setenta cuando, como ministra de Sanidad, dio acceso a los anticonceptivos y despenalizó el aborto. Su traumática experiencia vital la convirtió en una apasionada defensora de la Unión Europea. Ardorosamente liberal y europeísta, presidió el primer Parlamento Europeo elegido por sufragio universal. Luchadora incansable por la justicia, defendió la libertad como valor supremo, la dignidad del hombre, los derechos humanos, la solidaridad y el papel de la mujer en la sociedad actual. Feminista sin estridencias pero con fuertes convicciones, dedicó sus últimos años al recuerdo y la memoria. Dijo que al morir, pensaría en todas las víctimas del nazismo. En todas, conocidas o no. Sin odio y sin venganza. Sólo con justicia. Y toda su vida transcurrió con la misma rebeldía con la que se perfumó, siendo adolescente, con unas gotas de Lanvin.

 

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1 comentario

  1. Miguel Angel Lorenzo Mier dice:

    Muy interesante.

    Me gusta

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